j'ai parlé avec la mort
Estaba sentada con la forma de mi abuela sobre mi cama, me incorporé y charlamos de varias cosas, de politique y ecología, como a ella le gusta, recordó como me cargó en sus brazos, cuando me negaba a nacer y mi madre siendo tan aguerrida la retó, como lo haría varias veces más en su ejercicio de enfermera, y así grité, rompí el perfecto silencio, como ella dice, y respiré.
Platicamos de las veces que nos hemos topado, de las veces que he dado la vuelta evitandola y las veces que me saluda cuando se ha llevado a alguien que conozco.
Es el tiempo y es instante, y me gusta que lo diga, esta vez con la forma de Persefone y aun suspirando pro Orféo, platicamos de los amigos, de las tardes de queso y vino y de los poemas que le remiten tanto y que me gustan tanto.
Ayer hablé con la muerte, y quise preguntar de nuevo por la muerte de las cosas y como se involucraba, asumo que ella es solo una faceta, la que nos corresponde y no quise tocar el tema, no es bueno saber todo lo que uno sabrá en su momento.
Y hablamos del espacio y del silencio frío más allá de las nubes, de la música de las tormentas en el sol y demás versos y construcciones que le dan ese sonido y esa especialidad a las palabras, esa espacialidad.
Y seguimos charlando, y lloré un poco, pero reimos mucho más, es inevitable que un día tengamos que partir juntos y podamos seguir charlando, o tal vez te olvide y seas uno más. No importa, por ahora, le dije, cuentame historía de Tomás el impostor.
Y la muerte recito, la sabía de memoria
Guillermo Tomás de Fontenoy, contestó él
Y en este momento ya dormía, soñando con panteones interminables y un rio de agua helada y transparente, y la muerte, disfrazada de mi madre, me miraba y me miraba, mientras yo sonrío y encierro mis manos entre mis muslos.

